domingo, 10 de noviembre de 2013

Libro “Tempestad en los Andes” de Luis E. Valcárcel.

(a) Luis E. Valcárcel en Buenos Aires (Argentina) en 1923. (b) Valcárcel fue el primer peruano que escribió un libro sobre Machu Picchu, al ser uno de sus primeros investigadores. Aquí se encuentra con Julio C. Tello, el Padre de la Arqueología Peruana, en 1935, en la Ciudadela Inca.

Al grito de “La tierra es nuestra”

A 122 años del nacimiento de Luis Eduardo Valcárcel, aparece la edición facsimilar de “Tempestad en los Andes” de la primera edición, de 1927, editada por Minerva, y con el prólogo del “Amauta” José Carlos Mariátegui y colofón de Luis Alberto Sánchez.

Edición facsimilar de “Tempestad en los Andes” aparece con prólogo de Rodrigo Montoya, quien rescata las originalidades de esta obra de Luis E. Valcárcel.

El libro también contiene el prólogo escrito por el propio autor a 44 años de aparecida su obra (45 años al publicarse), y se nutre nuevamente con uno escrito por el antropólogo Rodrigo Montoya, este año, a propósito de esta edición del Ministerio de Cultura, con la que la Institución quiere honrar a uno de los más interesantes pensadores del siglo pasado.

Si en 1927 Mariátegui y Valcárcel vislumbraban la posibilidad de que estallara una tempestad de cambio en los Andes, en 1972, a 45 años de escrito el libro, el mismo autor habló sobre la tempestad que no llegó, pero remarcó el “aluvión humano” que “cayó sobre Lima y otras ciudades”. En 2013, con la experiencia que solo trae el tiempo, Montoya remarca las palabras de Valcárcel sobre la toma de Lima por los andinos: “Ya en el retiro, (Valcárcel) vio convertida en realidad aquellas bellísimas frases que oyó en los ayllus del Cusco y reprodujo en su libro ‘Tempestad en los Andes’: ‘La tierra es nuestra’, ‘¿qué vale la tierra sin nosotros?’… Puede verse el parentesco directo de esos gritos de combate con la frase dicha por José María Arguedas como niño-personaje y narrador de cuentos en su libro ‘Que se mueran todos los principales del mundo’ y aquella célebre consigna ‘Cusco, tierra o muerte’, de los campesinos indígenas dirigidos por la Federación de Campesinos del Cusco y por Hugo Blanco”.

Ficción futurista

Basta revisar el libro para notar que en “Tempestad en los Andes” prima la ficción esperanzada de un futuro promisorio más que el pensamiento razonado hacia la construcción de un mundo mejor. En “El tesoro de los inkas” (pág. 44 de la edición facsimilar), cuenta Valcárcel que un tal Alejo Kusirimachi Akostupa Inka conservaba el secreto de los incas: la ubicación del tesoro de sus antepasados. “Cuando llegó a los cien años y ya sus fuerzas declinaban” guió a su hijo Melchor a las misteriosas galerías subterráneas: “Fue en la noche del plenilunio que el secreto se trasmitió, entre las sombras alucinantes que proyectaban, a la luz de la antorcha, las estatuas de oro de los poderosos monarcas del Imperio del Sol… Estas infinitas riquezas que escaparon del pillaje español las utilizará nuestra raza el día que haya salido de los Andes el último blanco”, le dice Alejo a su hijo, quien juró que el secreto permanecería irrevelable. “La tradición vive en los ayllus”, dice Valcárcel, “Ellos, los hijos de Manko K’apak, desheredados hoy, son mil veces más ricos que todos los blancos juntos. Llegará el día en que el tesoro hundido en el arca de piedra de las entrañas del Cusco surja a la superficie. Entonces, no habrá sobre la tierra pueblo más feliz”.


En “Ideario”, el autor expone que “De los Andes irradiará otra vez la cultura”, “En la sangre india están aún todas sus virtudes milenarias”, “La sierra es la nacionalidad” y “El indio es el único trabajador en el Perú, desde hace diez mil años. Levantó con sus manos la fortaleza gigantesca de Sajsawaman… El indio lo hizo todo, mientras holgaba el mestizo y el blanco entregábase a los placeres”.

Esa escisión de la sociedad por colores, colmada de clichés que grafican a grandes rasgos el imaginario de la sociedad de inicios del siglo pasado, esa proclama sirvió para encender los ánimos de un pueblo urgido de cambios, de una gran transformación social que todavía está muy lejos de vislumbrarse siquiera en el horizonte de la historia peruana.


Valcárcel recibe del presidente Fernando Belaunde las Palmas Magisteriales en el grao de Amauta en 1981. Lo acompaña el expresidente José Luis Bustamante y Rivero.

La vida política

Como cuenta Montoya, Valcárcel compartió la cárcel con el historiador Jorge Basadre en la isla San Lorenzo en los 30, tras apoyar la candidatura de Raúl Haya de la Torre, acusado de ser “separatista” por defender los derechos de los indígenas, proclama que escribió para leerla en una conferencia en la Universidad de Arequipa el 22 de enero de 1927.


Esa conferencia en Arequipa marcó un antes y después en la historia de Luis E. Valcárcel. Fue publicada en “Amauta” y podía leerse: “… desde los nombres de sus montes nevados, Misti, Pichupichu, Chachani, hasta los de sus ríos y lugares de recreación, Chili, Uchumayo, Yanahuara, Tingo, Paucarpata, el keswa (quechua) dejó en sus voces la huella que de los siglos no borran” y “Arequipa es una avanzada del espíritu andino sobre el mar”. 

Tras recapacitar en que lo suyo no era la política, Valcárcel, sin embargo, regresó a ella como ministro de Educación, en 1945, gracia a su amigo el entonces flamante presidente José Luis Bustamante y Rivero, a partir de lo cual demostró su capacidad de gestión al crear el Museo Nacional de la Cultura Peruana, el Museo de Arqueología y Etnología de San Marcos, los Institutos de Etnología y Arqueología, el Instituto de Geografía, el Instituto Indigenista Peruano y la Dirección de Folklore del Ministerio de Educación, entre otras iniciativas importantes.


(a) LEV en la Dirección del Museo Nacional de la Cultura Peruana, en 1964. (b) Nueva edición con prólogo de Rodrigo Montoya.

La originalidad de Valcárcel

Montoya expone ocho originalidades en la obra de Valcárcel. Entre ellas se encuentra el haber presentado a los indios como “rebeldes, capaces de defenderse, de cuestionar el orden colonial de los hacendados y sus aliados políticos y religiosos y de tomar decisiones propias y autónomas para afirmar algunos de sus derechos”.


Otra de las características de “Tempestad en los Andes” es la revaloración de lo andino en el pasado y el presente como un elemento decisivo para el futuro del país, además de remarcar la idea de que “La tierra es nuestra” y propugnar a los indios como los gestores de su propia liberación, llegando a coincidir con Mariátegui en este punto.

Las ahora esperadas escuelas bilingües ya habían sido inventadas en su tiempo: en su gestión ministerial fueron creados los Núcleos Campesinos. La originalidad de su vida fue premiada con el galardón “Rafael Heliodoro Valle” al más destacado historiador latinoamericano, y celebrada con una postulación al Premio Nobel de la Paz en 1982. Falleció en 1987, sufriendo la verdadera tempestad del primer gobierno aprista.

Marco Fernández
Redacción

Fuente: Diario La Primera. 22 de octubre del 2013.

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